Cafe Society: El amor y el desamor en Woody Allen

“Y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina. Y el doctor responde: ¿Pues por qué no le mete en un manicomio? Y el tipo le dice: Lo haría, pero necesito los huevos. Pues eso más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas, saben, son totalmente irracionales y locas y absurdas, pero supongo que continuamos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos.”

 

Así acaba, con esta constatación tan absurda como inteligente de lo poco que podemos hacer frente a los sentimientos, Annie Hall, una de las mejores películas de Woody Allen, merecedora incluso de cuatro Oscar de la siempre esquiva, para él, Academia de Hollywood: Mejor película, mejor guion, mejor director y mejor actriz principal para Diane Keaton.

A un intelectual como Woody Allen, acostumbrado a diseccionarlo todo desde la inteligencia pese a ironizar constantemente sobre ella (el cerebro es mi segundo órgano preferido, dice su personaje en El Dormilón), le duele y le extraña que al final, tras tanta reflexión, lo poco que dé algo de sentido a la vida sean los sentimientos.

Sentimientos que son, por definición, imprevisibles, irracionales, incontrolables. Y probablemente sea esta lucha entre racionalidad y emociones lo que empuja a Woody Allen a revisar continuamente, en cada una de sus películas, cómo funcionan las relaciones de pareja. Y de eso va su película de 2016, Café Society, de las relaciones de pareja, del amor. Y del amor cuando es imposible, que lo suele ser, al menos en la filmografía del director neoyorkino.

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Foto: Sabrina Lantos www.woodyallen.com

En esta ocasión, como en otras (recuerdo Manhattan), Woody Allen analiza el amor utilizando a cuatro personajes. El personaje principal, Bobby Dorfman, es un pobre chico desubicado que se muda a Los Ángeles en busca de los sueños que no puede cumplir en Nueva York. Allí conoce a Vonnie, la secretaria de su tío, un rico y afamado representante de actores. Bobby, como era de prever, se enamora de esta chica, pero ella tiene novio. El novio (amante, para ser exactos) resulta ser el tío de Bobby, Phil. Triángulo amoroso servido, como en tantas otras películas de Woody Allen (de nuevo como en Manhattan, sin ir más lejos).

Años después, Bobby, de vuelta a Nueva York, se ha convertido en un hombre de éxito. Casado con la dulce y guapa Verónica y con un niño, con suerte en la vida, vuelve a ver a Vonnie. Siempre se han amado, pero no pudo ser.

¿Por qué no pudo ser?

Quizás, como acaba por concluir Bobby, porque la vida es una comedia escrita por un comediógrafo sádico.

Quizás también porque en el cine de Woody Allen hay algo de fatalidad que impide a sus personajes lograr la felicidad. Vonnie deja a Bobby y acepta la propuesta de matrimonio de su tío porque cree que su vida será más cómoda con él (económicamente) y Bobby se casa con Verónica sin amarla con la pasión con la que amó a Vonnie. Podrían haber sido felices, en ese Nueva York de los años 30 impregnado del glamour de la alta sociedad y del misterio del universo gansteril, pero no lo pueden ser porque estamos en el microcosmos de Woody Allen. En el universo de la fatalidad, de los personajes incapacitados para ser felices.

Y porque Woody Allen habla del amor en todas sus pelis, sí, pero sobre todo habla del desamor. Por esa tendencia a complicarnos la vida y a enamorarnos de la persona equivocada que ha servido para que poetas, literatos y cineastas lleven siglos y siglos haciéndose las mismas preguntas que ahora, infructuosamente, se hace Woody Allen.

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Foto: Sabrina Lantos www.woodyallen.com

He leído críticas que consideran esta película una de las mejores de Woody Allen y otras críticas que la consideran de las peores. Curioso, esto de los críticos, ¿verdad? Conozco personas muy inteligentes que consideran a Woody Allen un gran pensador moderno mientras que otras lo consideran un simple humorista. Siempre me ha extrañado esta paradoja, aunque he llegado a la conclusión de que quizás se debe a que Woody Allen es un excelente analista de la realidad, que pone sobre la mesa grandes verdades sobre nuestros tiempos, pero se muestra incapaz (o quizás simplemente no le interesa) de llegar a conclusiones profundas acerca de todo aquello que denuncia.

Café Society, al margen de esto, es una película 100% Woody Allen, que incluye aunque sea tangencialmente algunos de sus temas recurrentes. La crítica social (“A esta ciudad la mueve el ego”, dice Phil, tío y rival amoroso del protagonista), la ironía acerca de las religiones y en concreto del judaísmo, las referencias a la irracionalidad y, por tanto, peligrosidad del amor (el amor no es racional, si estás perdidamente enamorado pierdes el control, le dicen a Bobby) y su habitual crítica a los intelectuales, encarnados en esta ocasión en el personaje del cuñado de Booby, un tipo poco diestro para la vida que en un pasaje de la película cita a Sócrates, dudando también sobre sus verdades: “Sócrates decía que una vida no examinada no vale la pena vivirla, pero una vida examinada tampoco es una bicoca”, dice. ¿Pensamos demasiado?, probablemente sí.

Woody Allen al 100%, con su habitual crítica a la razón, herramienta decepcionantemente inútil cuando se trata de dar respuesta a las grandes preguntas de la vida.

Café Society es una película de Woody Allen estrenada en 2016. Con Jesse Eisenberg (Bobby) , Kristen Stewart (Vonnie) , Blake Lively (Veronica) y Steve Carell (Phil).

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