Manhattan: La obra cumbre de la literatura (y el cine) de Woody Allen

Como tantas veces sucede en la vida, parece ser que el hecho de que Woody Allen haga cine es algo más bien casual. Porque Woody Allen es, ante todo, un literato. Un literato que hace cine.

A quien debemos agradecer que Woody Allen haga películas es a dos directores que no han pasado a la historia del séptimo arte. Unos tales Clive Donner y Richard Talmadge fueron los encargados de perpetrar en 1965 la película ¿Qué tal, Pussycat?, cuyo guion había escrito Woody Allen. El cineasta neoyorkino quedó tan decepcionado con el resultado de la película que decidió que a partir de entonces él mismo llevaría a escena sus guiones.

Un escritor llamado Woody Allen

Y Manhattan, de hecho, es una de las películas en las que mejor se demuestra que Woody Allen, más allá de ser un cineasta, es un creador, un contador de historias más preocupado por lo que dicen y piensan los personajes que por el resto de aspectos del cine.

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Sin importar la acción (poca),  la película se centra en los diálogos, las reflexiones y los sentimientos de cuatro personajes que luchan por encontrar aquello que buscan. Isaac (Woody Allen), su novia de 17 años Tracy (Mariel Hemnigway), Yale (Michael Murphy), el mejor amigo de Isaac,  y su amante (Diane Keaton), que a la vez será también pareja de Isaac. Las relaciones amorosas, la amistad y un triángulo amoroso dejarán entrever las miserias de los personajes y la imposibilidad de alcanzar la felicidad.

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Manhattan, además de ser la obra maestra de la literatura (y el cine) de Woody Allen, es también la película en la que la mayoría de lugares comunes del cineasta están mejor tratados: De la infidelidad al moralismo, de la crítica a los intelectuales hasta la burla de las familias judías, de la infructuosidad de la razón al psicoanálisis. Todos estos temas conforman un retrato magistralmente narrado de la sociedad postmoderna, sociedad llena de individuos neuróticos incapaces de gestionar las múltiples contradicciones inherentes al ser humano y el sinsentido de la vida.

Y planeando sobre todos estos temas, Nueva York. La ciudad de ciudades. El microcosmos en el que todo es posible. La bella ciudad. La ciudad amada.

Una de las más bellas declaraciones de amor a una ciudad de la historia del cine.

Desacralizador de la cultura

Quizás una de las cosas que más me gustan de Woody Allen es su habilidad para reírse de una cosa y de la contraria, su capacidad para no aliarse con nadie y ser, simplemente, él mismo. Por eso se permite burlarse de la alta cultura (“No me gusta la basura pseudintelectual”, dice en un momento de la película acerca del pedante personaje al que da vida Diane Keaton) a la vez que reniega de la cultura popular: “No hacéis más que tomar tranquilizantes y estimulantes. Deberíais dejar la tele y abrir una farmacia”, les dice a sus compañeros de la televisión antes de dejar el trabajo.

Es por eso que Woody Allen ha sido calificado por algunos de sus estudiosos como un “desacralizador de la cultura”, un hombre de su tiempo capaz de criticar la cultura a la que pertenece y que él mismo construye.

Un tipo que, siendo él mismo un intelectual, no duda en subrayar todas las limitaciones del intelecto. “Nada de lo que vale la pena puede ser entendido por la mente”, dice en la película. Y añade: “El cerebro es un órgano sobrevalorado”. Y es que la razón no es suficiente para entender el mundo (¿de qué le sirve tanta reflexión a Diane Keaton?) pero aun así los personajes de Woody Allen, y también sus alter-egos, no son capaces de dejar de pensar.

Paradojas…

¿Y qué hay acerca de Dios?

Piensan y piensan y llevan sus reflexiones hasta la existencia de Dios.  Woody Allen es un agnóstico convencido que considera que el hecho de que no haya Dios no quiere decir que el hombre deba ser un lobo para el resto de hombres. Porque Woody, habitualmente cándido al mirar al ser humano, es un moralista que proclama en la mayoría de sus películas que el hombre debe hacer el bien. “¡Un poco de integridad moral!”, le reclama al amigo infiel delante de un esqueleto de la Facultad (magistral escena y magistral diálogo).

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Esperanzado y naïf mensaje final

Y aunque la película destila una dosis de nostalgia y de pesimismo existencial (ninguno de los personajes parece ser feliz), el final abre la puerta para la esperanza. Una esperanza que encarna la joven Tracy, menos viciada por el pesimismo intelectual del resto de los personajes, más vital, en mayor plenitud. “No todo el mundo se corrompe.  Has de tener un poco de fe en las personas”, le dice al personaje de Woody Allen.

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