Annie Hall: La primera genialidad de Woody Allen

Corría 1977 cuando Woody Allen dejó la que probablemente fue su primera obra maestra: Annie Hall, un desesperanzado y a la vez divertido canto al desamor.

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La película ganó cuatro premios Oscar: Película, director, actriz principal (Diane Keaton) y guion original, y obtuvo una nominación al mejor actor principal (para el propio Woody Allen).

Más importante que esto, Annie Hall fue la película que encumbró a mister Allen, que le permitió dejar de ser visto como un creador de gags (y eso que en esta película hay unos cuantos y muy buenos) y pasar a ser considerado un brillante cineasta.

Porque en Annie Hall Woody Allen logra hilvanar una gran comedia tanto desde el punto de vista técnico y formal (con algunas ocurrencias inesperadas que revitalizan la obra) como desde el punto de vista del contenido, si es que alguna vez ha tenido sentido separar forma y fondo.

La película se estructura a partir de un flash back. Alvy Singer (interpretado por el director) recuerda su historia de amor con Annie Hall (Diane Keaton): Cómo la conoció, cómo se enamoraron y, finalmente, cómo no pudo ser. El recorrido sirve al director para mostrar su lado más tiernamente pesimista y su creencia sobre lo imposible de las relaciones humanas, tema recurrente en su obra, como es bien sabido, y que resume magistralmente la frase con la que acaba la película: “Y  recordé aquel viejo chiste. Aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina. Y el doctor responde: ¿pues por qué no lo mete en un manicomio? y el tipo le dice: Lo haría, pero necesito los huevos. Pues eso es más o menos lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿sabe? son totalmente irracionales, locas y absurdas; pero supongo que seguimos manteniéndolas porque la mayoría necesitamos los huevos.”

Antes de ello, sin embargo, Alvy Singer ya ha dejado algunas demostraciones de su pesimismo vital, ese que tan difícil le hace alcanzar la felicidad que a veces parece tener al alcance de los dedos. “Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable, en esas dos categorías, le explica Alvy a Annie cuando empiezan a salir. Lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados… No sé cómo pueden soportar la vida… Y los miserables somos todos los demás, así que al pasar por la vida deberíamos dar las gracias por ser miserables, por tener la suerte de ser miserables”.  

Y es que sólo los rubios (entiéndase bien la caricatura) tontos y que piensan poco, según se desprende de una de las escenas de las películas, pueden ser felices. No los intelectuales que piensan ni los artistas que, como este Alvy Singer de Annie Hall, pero también, por ejemplo, como el Harry de Desmontando a Harry, están más dotados para el arte que para la vida.

Mientras llega a estas allenianas conclusiones, y para romper la linealidad y mostrar su galería de recursos, Woody Allen sorprende con algunos de sus toques narrativos geniales: Pienso en la escena surrealista en la que el alma de Annie Hall abandona su cuerpo mientras hace el amor con Alvy, las imágenes con subtítulos que desvelan los verdaderos pensamientos de los protagonistas, las escenas de cómic (Woody Allen, a modo de dibujo animado, aparece en el cuento de la Blancanieves), los retrocesos del Alvy ya adulto al aula de cuando era niño y hasta la ingeniosa aparición del filósofo Marshall McLuhan para desacreditar a un pseudointelectual de los que tan poca gracia le hacen a Woody Allen.

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Woody Allen rompe la barrera entre realidad y ficción haciendo aparecer a Marshall McLuhan en plena discusión sobre su obra. 

Annie Hall, por lo demás, es uno de los primeros poemas de amor que Woody Allen realiza a Nueva York, a su Nueva York. La ciudad es, aquí como en Manhattan, un alter ego del autor. “Tú eres incapaz de disfrutar de la vida, te gusta Nueva York: Eres como una isla dentro de ti mismo”, le argumenta Annie a Alvy, cuando este trata infructuosamente de recuperarla.

Una Nueva York profunda, poco clemente y algo decadente, que se contrapone a la soleada y banal Los Ángeles, la ciudad de cartón piedra en la que sólo se dan fiestas y premios. Como los Oscar que Woody Allen recibió por esta película y que decidió no recoger, por ejemplo.

Porque Allen no crea para recibir halagos, crea para desprenderse de su sensación de fatiga vital a través del humor, para hacernos ver que “la vida puede ser hermosa a pesar de ser decepcionante”, conclusión de Ramón Luque que creo que resume muy bien la obra de Allen: Amarga, pero divertida. Descorazonadora, pero esperanzada. Como Annie Hall, como esta primera obra maestra.  

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