Zelig: Una genial parodia sobre el miedo a ser diferente

Alguna vez he escrito en este blog que creo que las grandes obras de la literatura o del cine, las grandes historias en definitiva, se diferencian de las que no lo son por su vigencia: Pasa el tiempo y siguen siendo igual de actuales que cuando se escribieron.

Y este es el caso de la obra a la que en 1983 Woody Allen daba a luz: Zelig. Para mí una de las mejores  y más inteligentes películas del maestro neoyorquino pese a que la coprotagonista sea una insulsa Mia Farrow. Por cierto, ¡cómo habría ganado esta película de haberla protagonizado mister Allen junto a Diane Keaton! 😉

Apoyándose en un falso documental, Woody Allen parodia la despersonalización de la sociedad, defiende el derecho a ser y a pensar diferente y avisa sobre los peligros de los totalitarismos. Porque Zelig, más allá de ser una divertido retrato sobre un tipo que se mimetiza física, psíquica e intelectualmente con el que tiene enfrente, es una voraz crítica del pensamiento único y de todos los sistemas que buscan que los ciudadanos seamos todos iguales, como fabricados en serie.

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Si Zelig habla con un chino, sus facciones se vuelven asiáticas; si habla con un negro su piel oscurece, si está con músicos se convierte en instrumentista y si está con médicos habla como un doctor. Ni que decir tiene que a la vez que sus rasgos físicos se mimetizan su forma de pensar también. Es un camaleón humano, como en seguida lo bautizan los medios de comunicación, que lo convierten en un auténtico mono de feria.  

Su caso seduce y conmociona al colectivo médico, que se muestra incapaz de hallar el origen del trastorno de personalidad. Todos se equivocan porque no tienen ningún interés en conocer de verdad a Zelig. Todos menos la doctora Fletcher (interpretada por Mia Farrow), la única capaz de entender a la persona que hay tras el fenómeno mediático en que se ha convertido Zelig.

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La doctora Fletcher llega al fondo del problema gracias a la hipnosis, sí, y también a la confianza y al cariño que le da. Descubre que a Zelig, un niño con una infancia poco feliz (guiño a Freud), le crea inseguridad ser diferente, necesita ser como los demás para sentirse integrado. Por eso se mimetiza. Es como un lagarto, cuya protección externa le protege de las agresiones del mundo exterior. Un tipo cuya necesidad de ser aceptado ha derivado en una neurosis; una enfermedad, por otro lado, habitual en nuestra sociedad, que presiona al ser humano y le hace debatirse entre el ser y el querer ser (muy freudiano, también).

Sin embargo, haber averiguado el origen del problema le sirve a Zelig para curarse. Y una vez curado sabe cuál es el mejor consejo que puede dar: “Sed vosotros mismos, no imitéis a los otros. Yo antes pertenecía a la familia de los reptiles, ahora ya no”, dice en una conferencia, cuando ha dejado de ser un mono de feria para pasar a ser una celebridad nacional.

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Pero la vida le da un nuevo disgusto al reinsertado Zelig, que pasa rápidamente de héroe a villano.  Zelig, al sentirse de nuevo atacado vuelve a sacar su coraza. Huye a Alemania, donde se convierte en un nazi más. Este giro de la historia permite a Woody Allen lanzar su habitual crítica a los totalitarismos que estupidizan a la población. Por si alguien no se había dado cuenta de que Zelig no trata de un tipo que imita a otros y hace reír sino sobre algo más importante, sobre el totalitarismo, el director lo deja bien clarito introduciendo a Hitler en la historia.

Porque es muy fácil pasar del pensamiento único al totalitarismo y del totalitarismo a la barbarie, como la historia nos ha demostrado ya varias veces, sin que al parecer hayamos aprendido la lección, por mucho que Woody Allen trate de recordárnosla de vez en cuando (lo hace en Zelig, pero también en Bananas y en Sleeper).

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