Toma el dinero y corre: El verdadero debut de Woody Allen como director

Cuando en 1969 Woody Allen se enfrentó, de verdad, a la dirección de su primera película (él nunca ha considerado que Lily la Tigresa fuera una película dirigida por él)  era consciente de que lo desconocía casi todo del cine. El de Brooklyn era un cineasta en potencia que lo que de verdad dominaba era el humor.

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La película cuenta las andanzas de un ladrón de poca monta llamado Virgil Starkwell. Virgil corresponde al patrón de alter ego de Woody Allen de esa primera época: Un neoyorquino torpe, neurótico y criado en una familia judía poco cariñosa. A Virgil -parece que esté escrito- todo le saldrá mal, pese a ser capaz de enamorar, como también le sucede siempre, a la chica guapa de la película (interpretada por Janet Margolin).

La historia está contada a modo de falso documental (técnica que años después Woody Allen retomaría para contar una de sus mejores historias, Zelig) e incluye numerosos sketchs graciosos y numerosos guiños al cine mudo de su admirado Charles Chaplin y de los hermanos Marx (a los que también homenajea a través de los padres de Virgil, parapetados tras un bigote tipo Groucho Marx para no ser reconocidos cuando hablan de su hijo).

A diferencia del Woody Allen posterior (sobre todo a partir de su primera obra maestra, Annie Hall), la película aquí no se sustenta en la historia misma ni en el modo de entender los conflictos personales sino que lo hace en el humor absurdo, que genera divertidos gags: su huida de la cárcel con una pistola hecha de jabón y pintada con betún que se derrite por la lluvia, su conversión en rabino al probar un medicamento que está en fase de validación, el intento de robo del banco, frustrado por culpa de su mala caligrafía, los intentos de asesinar a la compañera de trabajo que le quiere delatar o esta escena de robo de una joyería.  

A la película, que muchos críticos y fans de Woody Allen consideran desternillante, le falta, a mi entender, un propósito. A medida que se suceden los gags, y casi 50 años después de su estreno, uno se queda con la duda de no saber qué quería contar Woody Allen en esta película. Aunque quizás la respuesta es que no quería contar nada.  Woody Allen, entonces, era tan sólo un tipo de Nueva York que hacía reír.

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