Días de Radio: Nostalgia de lo no vivido

Me pregunto si es posible sentir nostalgia de algo que no has vivido. Sentir nostalgia de una época que ni siquiera hubieras querido vivir. Mi razón me lleva a afirmar que no, que no es posible, pero entonces veo Días de Radio, me doy cuenta que sé poco de los Estados Unidos de los años 40 y aun así, viendo la película, he sentido nostalgia de esa época.

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Cosas de Woody Allen y su especial don para contar historias.

Días de Radio cuenta, mediante un flash-back, la vida de Joe, un niño judío de Brooklyn (en realidad, el propio Woody Allen) que crece en los años 40 amando la radio, viviendo a través de ella. El narrador de la historia, con voz en off, es el propio Joe, ya de adulto.

Su historia y la de su familia (anodina, cotidiana, ni especialmente feliz ni especialmente infeliz, como tantas otras) se entremezcla con las historias de las grandes estrellas de la radio de la época, que viven una vida de glamour y lujo con la que sueña la familia de Joe.

Días de Radio es una película bella y dulce. No puedo decir que sea una de mis películas preferidas, ya que unas de las habilidades que más me impresionan de Woody Allen, su capacidad para introducirse en la psicología de los personajes, aquí no está trabajada, creo que de manera intencionada. Los personajes están tratados más bien de un modo superficial, son arquetipos que representan actitudes frente a la vida. La curiosidad ante el mundo de Joe, los sueños estériles del padre, el realismo inmovilizador de la madre, la necesidad de amar de la tía…

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Aun así, con esta superficialidad elegida por el propio director, la familia de Joe se muestra como una familia que es, a la vez, todas las familias. ¿O es que acaso nadie tiene un tía que sueña con el amor o un padre que se avergüenza de no haber sido un triunfador?

Días de Radio, estrenada en 1987, es la única película en la que Mia Farrow y Diane Keaton, las dos grandes musas de Woody Allen, coinciden. Mia Farrow da vida a Sally, una aspirante a actriz y cantante que pasa de vender cigarrillos en las fiestas de las estrellas a ser ella, por un golpe de fortuna brillantemente absurdo, una estrella por sí misma. Diane Keaton, por su parte, hace un breve cameo al final de la película. Una sorpresa de lo más agradable, teniendo en cuenta el irritante papel de Mia Farrow.

Queda la duda de saber quién fue más feliz, si la familia de Joe o las estrellas de la radio. La respuesta, probablemente, es la habitual en las películas de Woody Allen: La vida, a pesar de ser decepcionante, suele ser maravillosa.

De ahí el tono agridulce de esta comedia. Dulce, bella y triste como la vida misma. Y como la escena final.

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