Otra mujer: Woody Allen se lo toma (demasiado) en serio

No es un secreto que a Woody Allen siempre le ha parecido más admirable hacer tragedias que comedias. Dotado como lo está para el humor, el director neoyorquino cree que hacer reír es muy fácil y que hacer llorar no lo es tanto. Por eso, siempre ha anhelado hacer obras “serias” que lo situaran cerca de su admirado Ignmar Bergman. Lo intentó en 1988 con Otra Mujer, la película con la que rinde tributo al director sueco y a su película Fresas salvajes

El resultado es una muy buena película que podría ser mejor si Woody Allen no hubiera desterrado todo atisbo de humor. Woody Allen se toma la película muy en serio, incluso demasiado. Y echamos de menos alguna de sus brillantes ironías.

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Marion (Gena Rowlands) ha pasado su vida negando las emociones. Ahora, a los 50, se pregunta para qué.

Otra mujer narra la vida de Marion, una exitosa profesora de Filosofía que acaba de cumplir los 50 años y que no ha tenido tiempo de preguntarse si lo que ha llegado a ser la hace sentir en plenitud. Un día alquila un despacho en el centro de la ciudad (Nueva York, claro) y desde ahí, sin querer, oye las confesiones que Hope, una joven embarazada interpretada por Mia Farrow,  hace a su psiquiatra. Contemplar la desnudez emocional de Hope hace que Marion se replantee el sentido de su vida.

Marion, prototipo de intelectual sobre el que Woody Allen ironiza en otras películas como Manhattan, ha centrado todo su esfuerzo en su carrera relegando su vida personal, grave error que Woody Allen ha denunciado en sus obras una y otra vez.

Ahora, a los 50, se da cuenta de que algo falla. “Necesito algo, pero no sé qué”, le confiesa a su segundo marido, del que cada vez se siente más alejada.

Y mientras da vueltas a su vida, oye que Hope sigue reflexionando ante su psiquiatra. “Supongo que todos pensamos en lo que podría haber sido…”, la oye decir…

Lo que podría haber sido y no fue, piensa Marion, cada vez con más dudas existenciales, recriminándose haber sido demasiado perfecta, demasiado cerebral. Poco empática con sus amigos, con su familia, incluso con sus antiguos amores.

Marion se negó la posibilidad de vivir un gran amor con Larry (Gene Hackman). Probablemente, uno de sus errores. 

Un día, Marion y Hope coinciden en una tienda de antigüedades, y acaban yéndose a almorzar juntas.  En ese breve encuentro, Hope es capaz de entender más sobre la vida de Marion de lo que Marion había entendido de ella misma en 50 años.

Se lo cuenta después Hope a su psiquiatra sin saber que Marion la está oyendo. “Hoy he conocido a una mujer muy triste, le dice, una mujer que podría tenerlo todo pero no tiene nada”.  Hope entiende muy bien cuál ha sido su error: Las emociones le dieron miedo, prescindió de los sentimientos más profundos y hasta abortó porque tuvo miedo de lo que sentiría por su hijo. Y ella, la “otra mujer” lo tiene claro: “No quiero llegar a su edad y darme cuenta de que mi vida está vacía…”, concluye.

Touché. Marion lo comprende. Nada de lo que ha hecho en la vida le ha servido para ser feliz. Quizás porque son las emociones, y nunca el intelecto, lo que de verdad da sentido a la vida.

No es una conclusión novedosa en el cine de Woody Allen, que otras veces ha lanzado mensajes similares con algo más de humor…  ¿Recordáis el brillante final de Annie Hall, con el chiste sobre las gallinas y los huevos?

Pues eso. Necesitamos las gallinas. 

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