Sueños de un seductor: ¿Por qué querer ser otro pudiendo ser uno mismo?

Cuenta la historia que cuando a Woody Allen le propusieron llevar al cine la obra de teatro que desde hacía dos años estaba interpretando junto a Diane Keaton, Tony Roberts y Jerry Lacy, y que él mismo había escrito, dijo que él todavía no sabía dirigir y que prefería que la dirigiera otro.  Woody Allen dio un paso atrás (pese a que ya había dirigido la inteligentísima Bananas) y dejó que fuera Herbert Ross quien tomara el control de esta curiosa comedia, 100% alleniana.

Woody Allen y Diane Keaton coprotagonizan una película por primera vez. La película profundiza poco en el personaje de la actriz, pero las inquietudes que empezamos a ver en su personaje serán magistralmente analizadas en las siguientes películas de ambos.

Porque en Sueños de un seductor ya se pueden ver muchas de las preocupaciones que acompañarán a Allen a lo largo de su filmografía, como la infidelidad, la inseguridad o la hipocondría… Y también muchas de las virtudes de su pluma, como la capacidad de reírse de sí mismo.

En Sueños de un seductor Woody Allen interpreta a Allan Fenix, un patoso crítico de cine que acaba de ser abandonado por su novia. Su mejor amigo, Dick, al que da vida Tony Roberts, un habitual de las películas de Allen,  y la mujer de éste, Linda, interpretada por Diane Keaton, intentarán animarlo y buscarle una nueva novia. En esta ocasión, la película no tiene lugar en Nueva York sino entre las subidas y bajadas y los tranvías de San Francisco.

Pero Allan es un tipo poco diestro a la hora de ligar. Patoso e inseguro como es, recuerda algo que su novia le había dicho al dejarlo: “Te gustan las películas porque no eres más que un observador de la vida”.

“Un observador de la vida” al que naturalmente le gusta mucho más lo que ve en la pantalla (sobre todo su admirado Humphrey Bogart) que lo que le ha tocado vivir, tema que Woody Allen revisará años después en La Rosa Púrpura del Cairo.  

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Bogart aconseja a Allan con las mujeres. 

También en La Rosa Púrpura del Cairo el cineasta neoyorquino recupera un recurso que utiliza en Sueños de un seductor: El cine dentro del cine:  Aquí, Humphrey Bogart sale de la pantalla para charlar con su admirador y aconsejarle sobre cómo debe seducir a una mujer.  Huelga decir que las ansias del torpe Allan por imitar a su ídolo dejan más de un gag gracioso (y algo sexista y políticamente no correcto). 

Pero Allan no aprende de Bogart y pasa de puntillas por la vida intentando ser quien no es. Quiere ser frío como el protagonista de Casablanca, tratar a las mujeres como él lo hacía, tener su éxito… y la cosa va de fracaso en fracaso…

Sólo cuando Allan Felix se permite ser él mismo, cuando no trata de imitar a Bogart ni de impresionar a nadie, acaba triunfando. Siendo como es, feo, bajito, patoso, es como enamora a Linda, la guapa mujer de su amigo, tan insatisfecha en la vida como el pobre Allan aunque sea por otros motivos.

Allan lo entiende: “El secreto no consistía en ser tú sino en ser yo”, le dice a Bogart, “Soy lo bastante bajo y lo bastante feo para tener éxito por mí mismo”, se reafirma.

Y Allan Felix acaba la película al mejor estilo Bogart en Casablanca. Renunciando al amor de Linda, en la pista de un aeropuerto, con el vuelo a punto de despegar, por un sentimiento más noble: la amistad de Dick.

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