Poderosa Afrodita: Woody Allen quiere ser Dios y Pigmalión a la vez

Dejadme que empiece este post con un comentario personal de esos que soy consciente de que no interesan a nadie. Poderosa Afrodita fue la primera película de Woody Allen que vi en el cine. Era el año 1995, yo tenía 18 años y ya me había aficionado al cineasta neoyorquino gracias a joyas que había visto en mi video VHS como Manhattan o Annie Hall. Desde entonces, creo que nunca he faltado a mi cita anual en el cine con Woody Allen.

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Misterioso asesinato en Manhattan: Un thriller cómico para el reencuentro entre Allen y Diane Keaton

Modestia aparte, estoy pensando que Woody Allen y yo nos parecemos incluso más de lo que pensaba: Misterioso asesinato en Manhattan es una de las películas antiguas del cineasta neoyorquino que menos me gustan. Casualidad o no, también es una película que Allen consideró en su momento poco interesante. De hecho, según he podido leer, aplazó su estreno porque la consideraba insustancial y ni siquiera se molestó en buscarle un título menos obvio.

Quizás tenga que ver con ello no sólo la calidad de la película sino el momento personal por el que atravesaba el director: En 1992 Woody Allen y Mia Farrow se separaban y la actriz le interponía una denuncia penal por acoso sexual a su hija adoptiva, Soon Yi, con quien el director se acabaría casando en 1997.

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Desmontando a Harry: Woody Allen se revisa a sí mismo… Y van…

“Tú no tienes valores: Tu vida es nihilismo, cinismo, sarcasmo y orgasmo”, le espeta a Harry (personaje interpretado por Woody Allen) su hermana, judía fanática a la que ha caricaturizado en su libro. “En Francia, con un eslogan así, ganaría las elecciones”, contesta Harry, dando muestras, efectivamente, de cinismo y sarcasmo y haciendo, de paso, un guiño a la Europa de las libertades en la que sí parece creer.

 

Corría el año 1997 y Woody Allen lo volvía a hacer: El judaísmo exclusivista, la muerte, los divanes, la infidelidad, la hipocondría, el sexo, la prostitución y hasta los hijos de padres separados toman la palabra una vez más para permitir que mister Allen se revise a sí mismo. Un cóctel con los ingredientes habituales más unos toques magistrales que permiten al cineasta seguir exhibiendo genialidad.

En este ocasión, el alter ego de Woody Allen es un escritor de éxito, llamado Harry, al que la misma Universidad que lo expulsó siendo un estudiante va a organizar ahora un homenaje.

Pero más que el acto universitario, lo que preocupa a Harry es la crisis creativa en la que se encuentra y la imposibilidad de poner orden a su vida, presidida por la inestabilidad, la incapacidad de estar en pareja y la poca habilidad para “funcionar en el mundo real” de la misma manera que ha sabido funcionar en el arte (tema recurrente, también, en la filmografía de Allen). “Tú pones el arte en tu obra, yo lo pongo en mi vida, por eso conmigo será más feliz”, le espeta el amigo que le ha “robado” a la que fue su novia en una de las escenas del final.

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Woody Allen con Billy Crystal y Elisabeth Shue, en Desmontando a Harry. 
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